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julio 2022
Una newsletter propia


 
Sentarse al fresco en verano
Es algo que se ha hecho “toda la vida”. Tan habitual de ver en los pueblos, que forma parte de la idiosincrasia y el estilo de vida de quienes lo practican. Sentarse al fresco, sobre todo en verano, es ese acto social que debemos preservar y fomentar para que sea algo que sigamos regalando a nuestros niños y niñas y que ellos y ellas, a su vez, se lo enseñen a los suyos cuando sean ellos quienes peinen canas y tengan la cara llena de arrugas.
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Sentarse al fresco es mucho más que un acto social. Ver a sus gentes sentadas al caer la tarde, convierte este momento en algo necesario para quienes lo practican y lo necesitan porque eso también es calidad de vida para quienes lo llevan haciendo toda la vida.

Las puertas de las casas son espacios, en donde las vecinas y vecinos se encuentran, comparten y comentan la auténtica actualidad de sus vidas y por qué no, de las de sus convecinas y convecinos. Se podría decir, que cada corrilloes la redacción de cualquier revista de actualidad o del periódico o telediario de cualquiera de los municipios que conocemos. Siempre habrá una noticia que comentar, un hecho cotidiano que se convierta en portada de ese día y por el que vale la pena llevar alas puertas las sillas al caer la noche para comentarlo hasta que el relente empiece a enfriarles los rostros y sea necesario dejar el resto para mañana. Eso, en la vorágine de las ciudades casi que no se ve. Tal vez en algunos barrios o zonas específicas de estos, pero cada vez se ve menos, desafortunadamente.

Esa sana costumbre, la de tomar “el fresco”, una fiel fórmula de lo que ahora se llama “socialización”. A través de ella, se transmiten valores como el respeto, la generosidad, la empatía, y ese saber respetarse sin meterse demasiado en la vida de los demás, pero con la soltura que da la convivencia vecinal de toda la viday que conforma la relación de todos los de la calle,que con el paso de los años, pasan a ser mucho más que vecinos, son parte de la familia.

¿Quién no recuerda a sus vecinas? En otros tiempos, las vecinas, tenían el mismo grado de mandato que cualquiera de nuestras madres. A nadie se le ocurría rechistar, si una de ellas nos regañaba o nos mandaba a hacer algún “mandao” (como se dice en Granada al hecho de hacer recados). Las vecinas de antes, no daban de merendar a sus hijos e hijas solamente. Si había más niñas o niños jugando, las madres de antes daban bocadillo a todos los que estuvieran allí. No es que había más que ahora, pero sí que había solidaridad y lo que tenían, lo compartían. En la calle, tenían sus propios códigos y más que vecinas, las mujeres de antes eran hermanas. Hacían hermandad entre ellas sin ninguna pretensión más allá de la que se tiene cuando se ejerce la ciudadanía, y se convive en armonía sin envidias ni piques. Si una madre salía, las vecinas te cuidaban, si necesitabas algo, llamabas a gritos a la vecina de más confianza. Todos y todas hemos tenido a una vecina a la que siempre acudíamos. Ella era, la que tenía la llave de tu casa. Si tu madre no estaba, ella abría la puerta, si pasaba algo mientras no estaba mamá en casa, ella era la que se ocupaba. La sororidad ya existía en los 70. Las tribus, también, y cada noche en verano, se juntaban para reforzar lazos, crear vínculos y solucionar problemas delante de un paquete de pipas o unas rosetas o tostones. No hacían falta más cosas para juntarse cada noche. Los hombres en su corrillo, las mujeres en el suyo, y alrededor, toda la chiquillería corriendo y jugando hasta que daban las 12. Era entonces cuando so pena de encierro, todo el verano castigado, las madres amenazaban a quienes levantasen la voz más allá de un susurro. Decían: Todo el mundo callado, que mañana se madruga y quienes necesitan dormir, no tienen la culpa de que estéis de vacaciones… Ante semejante argumento, ¡a ver quién rechistaba!

Con los años, muchas cosas han cambiado, pero aún hoy día, si bien no del mismo modo entre los más jóvenes y no tan jóvenes, sí que quedan esos vestigios y estilos de vida, que solo se dan en los pueblos y que nos permiten si queremos, vivir con otro tipo de revoluciones que enlentecen ese estrés frenético del día a día en la ciudad, dando a quienes lo quieren, ese estilo particular que hace que los pueblos tengan ese encanto especial que los convierte en un espacio único para vivir y convivir. Pero sin duda, este tiempo, es único para tomar el fresco en la puerta.

Todo al fresco sabe mejor. El bocadillo de la abuela, la limonada de olla con raspadura de limón. El helado casero o la leche rizada con canela, sentados en la puerta al amparo de los abuelos que, contando historias, nos están haciendo el mejor regalo de nuestras vidas. Un monumento a las veladas que huelen a galán de noche, o a jazmín. Una oda a los patios de macetas y a las sillas de anea, a las abuelas con delantales y a los abuelos con sus gorras y bastones. Cada uno de ellos y cada una de ellas, son y serán la memoria viva, activa y querida de quienes hemos tenido la suerte de disfrutarles o de tenerles cerca. A nuestros niños y niñas tenemos que darles más dosis de abuelas, más historias de abuelos, más bocatas de tres gustos y más veranos al fresco. Garantizamos, que a la vuelta de vacaciones, esas nietas y esos nietos, serán mejores personas, más solidarios, más sabios, más altos y no les pondrán ascos a una buena “fritaílla” o un bocata de carne con tomate como solo lo saben hacer las abuelas. Habrán aprendido si tienen la suerte de tener abuelos hortelanos, a comerse un pepino recién cortado, un tomate a bocados y un gazpacho con sabor a campo.

Es un tiempo este, en el que el verano, invita a querer volver al pueblo. Las buenas relaciones vecinales (también sus piques), hacen las noticias del día y conforman la personalidad de quienes viven en él. Tenemos que preservar el hecho de “sentarse al fresco” por las noches. Tenemos que hacer que nuestros pequeños, aunque vivan en la ciudad, sepan poner en valor la vida en un pueblo y hacerles vivir esas experiencias. Igual si lo hacemos bien, la repoblación de los pequeños pueblos, será una realidad al alcance de ellas y ellos para goce y disfrute de todos y todas.

Marga Fernández Cortés

Fotografía: Gina Bravo
Edita: Centro Igualdad Trece Rosas.
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