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diciembre 2021
Una newsletter propia


 
La Violencia de Género no solo es morada
La semana del 25 de noviembre es motivo de planteamientos, debates, jornadas, y actos, que a todas nos llevan a tener mucho más presentes los casos de violencia machista que las mujeres por el mero hecho de serlo, sufrimos a diario. Las cifras son insultantes, escandalosas y todas nos duelen en el alma. .
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A diario, lamentablemente conocemos casos cercanos de violencia de género. Quién no se ha conmovido, llorado, enfadado al saber de una agresión, una muerte innecesaria y una situación de maltrato en la que reina el sufrimiento y para las que las víctimas (no siempre son las mujeres, también lo son por añadidura y en primera persona sus hijos e hijas) no disponen de herramientas, o sencillamente están tan bloqueadas que no pueden reaccionar y colapsan enfermándose. La psique humana es un mundo. Reacciona de mil maneras y en cada mujer. Sus mecanismos de autoprotección resultan diferentes, aunque el trasfondo, el de todas, sea el mismo: el maltrato y abuso de su agresor o agresores. No trato de relatar episodios que nos vuelvan a poner los vellos de punta… No es la intención entrar en el morbo macabro de sus relatos. Con estas palabras, solo quiero poner de manifiesto, que los juicios (morales, e incluso los judiciales), a veces no son los más adecuados, si partimos básicamente de nuestra experiencia de NO maltrato. Necesitamos educación y formación al respecto. No solo para poder tener un conocimiento de las múltiples situaciones de maltrato, sino también, para tener un poco más de sororidad entre nosotras. Las mujeres, las que presumimos desde que el mundo existe de sentirnos parte de la tribu en la que nos movemos y en la que sabemos que tenemos refugio, comprensión y ayuda ilimitada siempre que la pidamos seguimos sin la suficiente información y formación. Esa es la cuestión. ¿Qué pasa cuando no somos capaces de oír los gritos mudos de quienes nos miran con los ojos de la desesperación más absoluta? ¿Qué podemos hacer para no entrar en el juicio de los comportamientos de algunas víctimas, ante reacciones aparentemente normales de situaciones cotidianas? Es lamentable, pero esto pasa a diario… Algo tendremos que hacer, digo yo. Quiero ir, incluso, ir más allá. Plantear el maltrato desde un prisma diferente o al menos distinto al que “conocemos”. ¿Qué ocurre cuando la mujer es migrante, o tiene una cultura distinta a la común o autóctona? ¿Cómo afrontamos esa sororidad cuando no conocemos a quien tenemos de vecina? No planteo caso alguno que nos encasille en estereotipos, porque aquí se trata de hacernos valorar, cómo tendríamos que actuar como mujeres, pero sí que queda implícito que, de ahora en adelante, nosotras ya, habiendo leído esto, no podremos mirar del mismo modo a nuestra vecina cuando nos enteremos que está sufriendo algún tipo de maltrato. Culturalmente, somos muy distintas, hablo de costumbres, de idiosincrasias, de modos de entender la vida, que nos gusten o no, van más allá de nuestros propios marcos de referencia (que, dicho sea de paso, nadie dijo que tuvieran que ser “los buenos”). ¿Podríamos vernos en esas situaciones en las que, partiendo de las costumbres, podamos reconocernos y trabajar conjuntamente sin entrar en juicios ni reproches? Eso sería genial. Y desde aquí, emplazo a regidores y regidoras municipales, a realizar alguna prospección en este sentido. Trabajar desde la empatía, desde la cercanía y desde la identidad que nos ofrece el género. Trabajar cómo se viven las violencias machistas dentro de cada casa, de cada cultura, desde el género únicamente. ¿Cuáles son las “cosas que no se cuentan”, pero que ayudarían a conocer cómo organizarnos y ayudarnos mutuamente siempre desde el respeto entre culturas? Si ya en siglos pasados, Granada estuvo en común acuerdo y convivencia con las 3 culturas que había en nuestra provincia, ¿por qué nos cuesta tanto, tantos siglos después, ponernos de acuerdo y respetarnos desde nuestros marcos culturales? Sería todo un reto seguir trabajando para hacer de La Zubia, un pueblo multicolor, que trabaje desde la multiculturalidad intergeneracional, desde todos los ámbitos: el escolar, el laboral, el comunitario, el político, y el más puro y cotidiano, que no es otro que el vecinal. Ese que nos convierte en parte de la comunidad en la que vivimos y para la que muchas nos esforzamos cada día en hacer posible con testimonios de vida, convivencia, e historias familiares que nos han ido mezclando y nos dan que pensar, que un día muy lejano, fuimos todas hijas de una madre y madres de nuestras hijas. Que los colores son preciosos, que las mezcolanzas, son necesarias. Que las costumbres heredadas se pueden cambiar, y que el respeto que heredamos, es lo que dejamos también en herencia a quienes tenemos que ir educando. La violencia de género no entiende de etnias. La violencia de género no entiende de idiomas, ni de colores de piel. La violencia de género, es una cuestión que nos atañe a todas y también a todos. Es algo tan importante, serio, aterrador y problemático, que necesita de todos los esfuerzos y energías. Las de todas y las de todos. Así que, por la erradicación y la mejora de las víctimas, unámonos también para seguir formándonos y formando a quienes no saben cómo se atienden estas situaciones. Recordar, todas conocemos a una víctima. Y lo mejor de todo, tenemos que ser conscientes de que detectarlo, puede salvarles la vida. Marga Fernández Agente para la igualdad

Edita: Centro Igualdad Trece Rosas.
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Coordinación Técnica: Cristina López- Gollonet Cambil
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