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septiembre 2021
Una newsletter propia


 
A la intemperie
Por Patricia Lara Roldán
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“LOS OJOS DE LOS DEMÁS, NUESTRAS PRISIONES;
SUS PENSAMIENTOS, NUESTRAS JAULAS”
VIRGINIA WOOLF

Atrapadas en el imaginario social minuciosamente tejido para nosotras, las mujeres no somos libres. Como decía mi admirada Virginia Woolf “una mujer debe tener dinero y una habitación propia si va a escribir ficción”. Si nos traemos esta frase al presente y analizamos cómo una mujer puede identificarse aquí, podemos constatar la imperiosa actualidad de la misma, y la poca conciencia que tenemos de esa falta de habitación propia, de un lugar para el pleno desarrollo, de un espacio vital propio, individual, libre de convencionalismos y responsabilidades impuestas, que impide a muchas mujeres escribir ficción, construir su propia identidad, desarrollar plenamente sus talentos o simplemente SER ella misma.

Cuando una mujer decide salirse del molde que conlleva su rol impuesto, se convierte en un ser “peligroso” y queda a la intemperie, vulnerablemente desnuda, expuesta a la opinión pública y privada, de todo aquel o aquella que siente la amenaza de la libertad que ejerce al no plegarse a lo socialmente establecido para ella. Es juzgada, cuestionada, observada, criticada, con frecuencia agredida, excluida, pensada, opinada… por propios y ajenos sin valorar si realmente existe un hecho juzgable en sus actos. Si una mujer decide vivir fuera del molde, siente la presión social de la extrañeza empezando por su círculo más cercano, el juicio y el cuestionamiento de todos sus actos, sus decisiones y la crítica ante su movimiento. Una mujer que decide irse de vacaciones sola, salir sola a tomar un café o pasear, dejar a sus hijos para estudiar, trabajar o simplemente leer, si decide no ser madre, dedicarse a ella misma y no al matrimonio o al cuidado, será tratada como una excéntrica, si encima sus circunstancias son difíciles, todos entenderán sus dramas o su pena, su dolor o su sacrificio, su luto, pero no entenderán su alegría o su capacidad para divertirse. En el preciso instante en que saque un pie del tiesto, será nombrada y será opinada, porque perderá el derecho a la privacidad que gozaba al ocupar su lugar, el lugar de lo privado. Si una mujer se apropia del espacio público comete el peor de los delitos sociales, EXPONERSE, y será condenada por ello, previo juicio del ignorante de turno. Y es que ya lo dijo Rosa Luxemburgo, “quien no se mueve no siente las cadenas”.

Y sí, es así: el desplazamiento libre de la mujer provoca inquietud, molesta y duele. Las violencias machistas no siempre son visibles, las hay muy notables y destacadas socialmente, pero son aquellas que solo conoces cuando naces mujer las que me preocupan especialmente, aquellas que están más arraigadas en el subconsciente social y que ejercemos todos de manera más o menos consciente, las que no son nombradas, las que no gozan de palabras para ser expresadas y visibilizadas.

Soy madre de dos hijos, uno de ellos con diversidad funcional, soy trabajadora y soy de las que han decidido moverse. Hace dos años tuve que salir de casa por motivos laborales y vaya si noté las cadenas. A mi alrededor todo fue extrañeza, preguntas curiosas sobre los motivos, frases de pena y lamentación como si debiera estar triste o fuera un drama, ¿qué vas a hacer?, ¿Te vas a llevar a los niños contigo? ¿Y no puedes darte de baja?, Pues si tus circunstancias son así, no trabajes, ¿Cómo te vas a apañar con los niños?, ¿y te quedarás a dormir fuera?, ¿y tus hijos como llevan tu ausencia?, Pobrecito tu marido ¿cómo se está apañando?, te admiro por tu valentía, ¿y tu marido se ha quedado con los niños?, qué apañado… y así un sin fin de preguntas y caras de asombro que no he observado nunca cuando es un hombre el que se mueve. Y es que es así… a ningún hombre se le somete a este escrutinio público cuando está fuera de su casa o de su entorno. Pero si eres mujer… entonces sí… todo es tan extraño y juzgable que te ves inmersa en un mar de justificaciones por más que trates de evitarlo. La que más o la que menos alguna vez ha tenido que justificarse cuando ha decidido ejercer algo de esa libertad que supuestamente gozamos y muchas reprimimos nuestros deseos para evitar la crítica o ser incomprendidas, porque de todos es sabido que no hay nada más peligroso que una mujer que baila y se divierte, que ejerce su profesión o delega el 50% de la crianza en su pareja, porque a ver quÉ hace esa en la calle, de que se queja con la buena vida que tiene, y no, yo no la veo sufrir tanto, mírala lo bien que está. Porque señores y señoras, se ve que para ser una buena mujer una debe vivir de luto por sus circunstancias o sus roles impuestos.

Se hace necesaria una reflexión acerca de la presión social que ejercemos sobre las mujeres que deciden moverse y plantearnos qué sentido tiene alentarlas a ser libres si cuando deciden serlo las criticamos por ello, las criminalizamos, las juzgamos, las pensamos, las culpabilizamos, las agredimos, y les hacemos un daño social horrible al aplicarles una vara de medir social que no existe para el hombre. Igualmente se hace necesario reflexionar sobre la educación que damos y recibimos que criminaliza la libertad femenina y victimiza la disminución de libertad masculina.

Para que el espacio de libertad sea realmente compartido para todos, los que gozan de mayor libertad deben ceder una parte para que la otra, la que la tiene mermada, pueda ejercerla. Tratar como víctimas a quienes ven reducida su libertad debido al movimiento de la mujer es un error garrafal de esta sociedad que poco está entendiendo que significa avanzar en igualdad.

Patricia Lara Roldán
Profesora de Lengua Castellana y Literatura
Lda. Filología Hispánica


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